miércoles, 17 de abril de 2013

El párrafo más importante de Cien años de soledad

 


Javier Aranda Luna

E
l capítulo más difícil de Cien años de soledad fue para Gabriel García Márquez la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios Buendía. Por ese texto despiadadamente fantástico tuvo la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podría ser afortunada que catastrófica. No le preocupaban los hilos de sangre trepando las paredes, las mariposas ni el niño con cola de cerdo de la novela.
Era el año de 1967 cuando mandó copias a sus amigos y a los críticos más exigentes y francos que conocía para saber qué opinaban sobre la ascensión de Remedios Buendía. Confiaba en esta práctica, pues ya la había probado satisfactoriamente cuando uno de esos lectores le dijo a bocajarro, cuando apenas había cruzado unas palabras con él, que La hojarasca tenía un capítulo de más.
Después de pasar esa prueba definitiva, le puso punto final a los originales llenos de notas, anexos, textos escritos en el revés de las páginas que había escrito en la ciudad de México, la urbe que había decidido convertir en su residencia permanente después de una vida más o menos itinerante por su trabajo periodístico.
Cien años de soledad fue la primera novela que trató de escribir a los 17 años, según le confesó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza en una carta memorable. La pensaba llamar La casa. Y aunque abandonó el proyecto por parecerle demasiado grande, desde entonces no dejó de pensar en él.
En esa misma carta, fechada el 22 de julio de 1967, García Márquez escribe que tenía atragantada esa historia “donde las esteras vuelan, los muertos resucitan, los curas levitan tomando tazas de chocolate, las bobas suben al cielo en cuerpo y alma y los maricas se bañan en albercas de champaña, las muchachas aseguran a sus novios amarrándolos con un dogal de seda…”
En Gabo Cartas y recuerdos de Plinio Apuleyo Mendoza recientemente publicado por Ediciones B, García Márquez confirma una verdad intuida por algunos de sus lectores: que en el primer párrafo de Cien años de soledad se encontraba toda la novela: su tono, su estilo y la hebra que habría de tensar la novela hasta la última línea del último capítulo.
Ese primer párrafo da cuenta de que más que una lección de humanidad García Márquez quería escribir un larguísimo poema de vida cotidiana, la novela donde ocurriera todo. Fue escrito 20 años antes que el resto de la novela y no cambió desde entonces una coma.
Según el escritor colombiano, lo más difícil a la hora de escribir Cien años de soledad fue precisamente ese primer párrafo inicial donde presente y pasado se engarzan, donde la fantasía y lo vivido son una y la misma cosa.
La publicación de estas cartas también dan cuenta de sus temores por el fardo de la fama; nos muestran cómo escribió algunas de sus más significativos cuentos y novelas y dan cuenta de algunos de sus viajes a Cuba, Rusia, Italia, Alemania y Venezuela.
Pero quizá lo más importante de estas cartas y recuerdos sea que nos permiten ver el revés de ese gran lienzo de la narrativa de García Márquez. Cuando la memoria se convierte en otra de las formas de la imaginación las cartas son constancia de lo vivido.
Para quienes han querido reducir la importancia de García Márquez a sus convicciones políticas, el autor de El coronel no tiene quien le escriba tiene una frase escrita hace casi medio siglo que pone las cosas en su sitio: El deber revolucionario de un escritor es escribir bien. No más, tampoco menos.
El Gabo íntimo de las cartas y recuerdos publicadas por Plinio Apuleyo Mendoza sólo confirman con detalles poco conocidos el genio de uno de los grandes escritores hispanoamericanos de todos los tiempos. Allí se documenta su gusto por Brahms y por el trabajo periodístico, por el París que en los años cincuenta del siglo XX fue magneto de escritores y artistas, por el olor de la guayaba, las rosas amarillas y por la escritura como forma de vida.

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