sábado, 13 de diciembre de 2008

Enluta el espectro político nacional la muerte de doña Amalia Solórzano


■ Como esposa del general Lázaro Cárdenas participó en momentos clave de la vida del país
■ Al enviudar se dedicó a apoyar a los indígenas más pobres de la Mixteca oaxaqueña


Rosa Elvira Vargas

Testigo y protagonista de un siglo en la historia moderna de México, ayer falleció en su casa de esta capital doña Amalia Solórzano, viuda del general Lázaro Cárdenas del Río. Tenía 97 años de edad y gozó siempre de una salud y una lucidez envidiables. Su deceso ha enlutado no sólo a sectores de la izquierda mexicana, sino a prácticamente todo el espectro político nacional; también a grupos sociales, académicos e intelectuales que conocieron su trabajo y convicciones nacionalistas.

Dueña de un perfil discreto que construyó desde su matrimonio, siendo muy joven ella, con quien está considerado uno de los mejores presidentes del país, doña Amalia Solórzano participó en momentos clave de la vida nacional durante la gestión de Lázaro Cárdenas y posteriormente, cuando se sumó, acompañándolo a él o ya viuda, a diversas acciones de solidaridad internacionalista, apoyó el movimiento estudiantil de 1968 y en 1994, con su respaldo al movimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Como esposa, madre y abuela, doña Amalia fue sin duda la personificación de la crónica nacional de buena parte de la política del siglo 20.

En septiembre de 1941, a propósito del noveno aniversario de su matrimonio y apenas un año después de haber dejado la Presidencia de la República, el general Cárdenas consignó en sus Apuntes esta descripción de su esposa:

“Estoy contento, en realidad he sido feliz con ella. Ha sabido usar del tacto necesario patra tratarme en medio de mis problemas morales, políticos y sociales en que he participado. Es cariñosa e inteligente y nunca ha manifestado la menor exigencia en cuanto a la forma en que hemos vivido”.

Y aquí mismo, en las páginas de La Jornada, doña Amalia dejó constancia del sentimiento y admiración que profesó siempre por “el general”, como ella lo llamaba. El 18 de marzo de 1995, a propósito del primer centenario del natalicio de su marido, escribió:

“Sólo quedan aquellos por los que un día dijiste: ‘no más descalzos, desnudos, analfabetas’. Ellos sí, aún están. Lo que tuvieron se los quitaron: sus tierras, aguas, sus animales, aquellas casas humildes que se llamaron escuelas, sus azadones, sus mulas para labrar la tierra, todo desapareció. Cuando vieron ya no les quedaba nada. [...] A tu partida quedaron estas obras en manos que no sabían más que recibir dádivas. Nunca defendieron esa nuestra herencia. También se hipotecó. ¡Cuánta falta de patriotismo hemos sufrido desde que no estás tú! [...] así ha quedado México con sus heridas y sin que las conciencias que lo asesinan den la cara y respondan con dignidad a tanta amargura. Esta fue nuestra desgracia”.

Historia romántica si las hay, el encuentro y posterior unión de doña Amalia y Lázaro Cárdenas merecería, por ese solo hecho, quedar consignado en los anales del género. Ella misma lo contó muchas veces y lo dejó registrado en su libro Era otra cosa la vida, publicado en 1994 bajo el sello editorial Nueva Imagen.

Nació en Tacámbaro, Michoacán, en 1912 (1911, de acuerdo con otros registros). Fue hija de Cándido Solórzano Morales y de Albertina Bravo Sosa. Con siete hermanos y una familia de una posición económica buena, estudió sus primeros años en una escuela oficial y luego, ahí mismo en su pueblo natal, fue inscrita en un colegio de monjas guadalupanas. Alrededor de los 10 u 11 años, fue traída a la ciudad de México a un internado que esas mismas religiosas tenían aquí en el entonces pueblo de Tacuba.

“Mutua la simpatía”

Una de sus visitas a la casa paterna en 1928 coincidió con la llegada a esa región, en su campaña para gobernador, del general Lázaro Cárdenas: “Desde que nos vimos, yo desde el balcón y él que saludó como cualquier persona que saluda desde abajo, desde la plaza, a una persona que está en un balcón, desde ese momento, fue mutua la simpatía”, consigna doña Amalia en su autobiografía. Ella tenía entonces 15 años y él, 33. Al día siguiente coincidieron en una comida que las madres guadalupanas ofrecieron al candidato en una finca llamada Los Pinos y años más tarde, en claro homenaje de su marido, él dio a la residencia presidencial ese nombre que hasta la fecha conserva.

La oposición de los padres de la joven, entre otras razones por la condición militar del pretendiente y su evidente desapego de la religión católica, los llevó a sortear diversas vicisitudes y finalmente se casaran hasta 1932, el 25 de septiembre, sólo por el civil.

Iniciaron entonces su larga vida juntos y de la cual el 18 de julio de 1933 nacería de forma prematura, para vivir apenas unas horas, su hija Palmira, y en 1934, el 1º de mayo, Cuauhtémoc, quien también seguiría la carrera política, donde fue gobernador de Michoacán, tres veces candidato a la Presidencia de la República (1988, 1994 y 2000) y fundador del Partido de la Revolución Democrática.

Y aunque como esposa del presidente de la República doña Amalia procuró mantenerse totalmente al margen, al grado que no asistió a la toma de posesión, ella participaría durante la gestión del general Cárdenas (1934-1940) en dos momentos fundamentales para definir el signo nacionalista que caracterizó la vida del michoacano.

El primero fue su actuación pública y notoria a la llegada a México de un grupo de niños hijos o huérfanos de combatientes republicanos de la Guerra Civil española que desembarcaron en el puerto de Veracruz el 7 de junio de 1937. Fueron llevados a Michoacán, donde se les ubicó como internos en una escuela y donde tanto ella como el general Cárdenas los visitaban con periodicidad. A estos refugiados se les conoció como los niños de Morelia.

Después vino la determinación del presidente Cárdenas de realizar, el 18 de marzo de 1938, la expropiación petrolera. Fue un momento de tal trascendencia en la vida del país, que en sus memorias doña Amalia lo relata así:

“El general me dijo: ‘Chula, creo se debe invitar a la mujer a una participación directa y motivarla en este momento en que es urgente la presencia de todos los mexicanos. Hay que hacer labor en las escuelas, en las familias, en fin, en un llamado nacional’. Así fue como se convocó a una colecta para pagar la deuda de la expropiación. Era una ayuda más bien simbólica pero ¡cómo fue de hermosa la respuesta!”

Cuando su marido deja Los Pinos, ella lo acompaña en las tareas que sus sucesores le encomiendan. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la pareja se dedica a la vida civil y lo mismo –reseña la historiadora Margarita Carbó en un largo ensayo dedicado a doña Amalia– se dedican a labores sociales que a atender las múltiples peticiones de sus amistades para “fungir como testigos de casamientos civiles, apadrinar generaciones de estudiantes a visitar pueblos, ejidos y escuelas y a múltiples eventos que, no obstante su carácter privado, eran expresión del afecto que ellos habían sabido despertar entre quienes los conocieron y los trataron...”

En 1961, tras la invasión de Bahía de Cochinos, Cuba, y la prohibición del gobierno federal al general Cárdenas para acudir a la isla para expresar su respaldo, la pareja acudió a la manifestación de repudio que se convocó en el Zócalo capitalino.

“Fue impresionante, muchos miles de estudiantes, maestros, escritores, gente del pueblo, fueron participantes y testigos de este acto de solidaridad el 18 de abril de 1961 por la noche. Para que el general pudiera ser visto y oído, tuvo que subirse al cofre de un automóvil. Entonces, todos nos sentamos en el piso para poder escuchar y ver, en medio de un silencio impresionante y un respeto absoluto. La gente estaba indignada por el monstruoso atraco contra Cuba”, señala en Era otra cosa la vida.

Años más tarde, en 1968, doña Amalia se presentó en algunas grandes marchas por el Paseo de la Reforma en la ciudad de México, durante el movimiento estudiantil que terminaría trágicamente la tarde del 2 de octubre, en Tlatelolco.

Para no involucrar a su marido en esas acciones, ella le mentía diciéndole que iba a visitar a su hermana. “Salí, recogí a mis dos amigas y nos fuimos a la concentración en Antropología. Caminamos sobre Reforma. Vimos pasar la manifestación que era la que se llamó manifestación del silencio, pues desfilaban con la boca tapada.” Y menciona que de regreso a su casa, “nada más se paró (el general), se me quedó mirando y lo primero que me dice es: ‘¿Y cómo estuvo la concentración, Chula?’ Y le contesto: ‘pues muy buena, muy concurrida’”.

Acompañó también a Lázaro Cárdenas en la formación del Movimiento de Liberación Nacional en 1961, y en 1970, cuando falleció él, doña Amalia se dedicó a trabajar intensamente con los indígenas, principalmente de las paupérrimas regiones de la Mixteca oaxaqueña. Allí se aplicó durante 18 años, donde tramitó caminos, escuelas y diversas obras sociales.

Ella misma dijo en una entrevista que debió dejar esa actividad porque el entonces presidente Carlos Salinas “tomó ese trabajo como que yo andaba haciendo trabajo a favor de Cuauhtémoc [...] y fue tremendo porque nadie volvió a ocuparse de esa pobre gente”.

Luego, en 1994, a la irrupción del EZLN en la escena nacional, doña Amalia formó parte de la Comisión de Seguimiento y Verificación, entre muchos intelectuales y estudiosos. Y tuvo contacto y conversaciones que quedaron consignadas con el subcomandante Marcos.

Su última aparición pública fue el 19 de octubre pasado, en la ceremonia por el aniversario luctuoso del general Cárdenas.

En su ensayo titulado: “Amalia Solórzano, una mujer de su tiempo”, que fue incluido en el libro La mujer mexicana en el dominio público y en el privado, la historiadora Margarita Carbó describe así a doña Amalia Solórzano: “Es una mujer de fuerte personalidad, valor y entereza, a quien le tocó vivir cruciales acontecimientos de la historia del siglo XX. Sus orígenes pueblerinos y su pertenencia a una familia, a un medio social y a un país profundamente tradicionales, no fueron obstáculos para que, al calor de los acontecimientos, del contacto con las más altas instancias del poder y sobre todo, de la convivencia con la inmensa figura de Lázaro Cárdenas, ella fuera capaz de ir asumiendo como propias, las causas más entrañables de los mexicanos y de la humanidad entera […].”

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